Escrito por 10:08 am Editorial

Marruecos en pie

Desde hace ya varios años, un veneno lento se ha infiltrado en las venas de nuestra nación. Una guerra en la sombra, fría, metódica, librada no contra individuos, sino contra los símbolos que representan.

Todo comenzó con una campaña sorda pero encarnizada contra dos figuras de punta del aparato de seguridad: Abdellatif Hammouchi y Yassine Mansouri. Dos hombres de deber, al frente de dos instituciones clave, garantes de nuestra seguridad. No fueron simples críticas: fue una máquina odiosa, violenta, organizada. Una empresa de demolición mediática destinada a ensuciar, quebrar, aislar.

Y cuando esa máquina —cuyos verdaderos instigadores seguimos sin identificar con precisión— estimó, erróneamente, haber debilitado esos bastiones del Estado, se permitió subir un peldaño, en la ilusión de que el terreno estaba ya vulnerable. Se atrevió a franquear un umbral peligroso, atacando no ya a los centinelas del aparato de seguridad, sino a uno de los colaboradores más cercanos del Soberano: el Consejero Real Fouad Ali El Himma.

Un hombre de lealtad absoluta, que nunca actúa en su propio nombre, sino exclusivamente en el marco de las misiones que le confía el Rey. Su función, eminentemente discreta, no es fuente de poder autónomo ni de decisión política: es la de un hombre de confianza, al servicio exclusivo de su Soberano.

El recorrido de Fouad Ali El Himma es una línea recta: del colegio real a la alta responsabilidad, ha permanecido al servicio, no en la búsqueda del poder.

Ya no se trata, pues, de una campaña de críticas: es una ofensiva pensada, secuenciada, calculada. Y su objetivo es claro: fragilizar los pilares, fisurar la arquitectura, desacralizar el Estado.

Que quede claro: en todo país digno de ese nombre, la crítica es sana. Incluso es vital. Pero lo que presenciamos no es crítica: es ensañamiento organizado. Es suciedad estratégica. Una operación con fines quirúrgicos: no para corregir, sino para destruir.

Los instigadores buscan imponer un relato falaz, haciendo creer que el destino de Marruecos estaría en manos de solo tres hombres. Una visión reductora, peligrosamente simplista, que desconoce la profundidad institucional de nuestro país, y que intenta borrar una realidad fundamental: el poder supremo pertenece exclusivamente a Su Majestad el Rey Mohammed VI, en el marco de las prerrogativas que le confiere la Constitución del Reino, adoptada libre y soberanamente por el pueblo marroquí en 2011.

El Rey es el garante de la unidad nacional, de la estabilidad de las instituciones y de la continuidad del Estado. En cuanto a sus colaboradores, por competentes y entregados que sean, nunca actúan sino en virtud de la voluntad real, y dentro de los límites de las misiones que se les confían.

No tengo respuestas para todos los ataques insidiosos dirigidos contra Marruecos. Pero tengo una certeza: Marruecos no es perfecto, cierto, pero está vivo. Avanza. Construye. Gana en respeto, en visibilidad, en soberanía.

No hablo aquí desde la comodidad de un observador neutro. Sino como marroquí, hombre de medios, que también ha sufrido la máquina de ensuciar —con la única diferencia de que yo tengo la libertad de responderle, y la perspectiva para desvelar sus mecanismos.

Marruecos y los marroquíes no son ingenuos.

Saben discernir. Saben distinguir la sombra de la luz, lo verdadero de lo fabricado, lo esencial de lo superficial. Y, por encima de todo: están orgullosos de su país, cualesquiera que sean las desconfianzas.

No dejemos que ningún impostor, ningún mercenario, ningún manipulador venga a borrar los cimientos de lo que construimos juntos desde hace siglos.

Este país es nuestro. Defendámoslo. Sin violencia, pero con una fe inquebrantable en lo que es, en lo que se está convirtiendo y en lo que aún puede llegar a ser.

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