Escrito por 10:04 am Editorial

Pensamiento libre, verdades incómodas y falsos juicios

En los estruendos de Oriente Medio contemporáneo, mientras la región se redibuja bajo el efecto de sacudidas estratégicas mayores, se libra otra batalla -menos visible pero igualmente decisiva-: la de las conciencias.

Los ataques selectivos contra Irán, el desmantelamiento progresivo de las redes armadas de Hezbolá, la presión sistemática sobre los apoderados regionales de Teherán: todo ello traduce un giro geopolítico irreversible. La era de la complacencia estratégica llega a su fin. Se instala una dinámica nueva, que algunos tardan en reconocer.

Mientras el antiguo orden vacila, mientras la diplomacia se reinventa bajo la presión de la realidad, un cierto pensamiento petrificado persiste en aferrarse a sus consignas, a sus relatos fosilizados. Y en ese inmovilismo, algunos optan por atacar no a los causantes de la guerra, sino a quienes se atreven a pensar de otro modo. No es un debate lo que buscan, sino la asignación ideológica, el tribunal moral sin apelación.

Redacté, en las horas que siguieron a una masacre de una brutalidad escalofriante, una tribuna titulada «Todos somos israelíes». El título, voluntariamente provocador en su forma pero profundamente humanista en su esencia, se inscribía en la tradición de los grandes sobresaltos de solidaridad universal –a semejanza de «Todos somos estadounidenses» tras el 11 de septiembre, o de «Je suis Charlie» a raíz de los atentados de París.

Ese texto no respondía ni a un alineamiento político, ni a una adhesión ideológica. Era un grito –un grito de conciencia ante lo innombrable. No se trataba de tomar partido por una causa contra otra, sino de recordar una verdad simple: cuando se asesina a civiles –mujeres, niños, ancianos– en el silencio o la ambigüedad moral, es a la humanidad entera a la que se asesina una segunda vez.

Mi posición, esa, nunca ha variado. Defiendo, con constancia, el derecho imprescriptible del pueblo palestino a la dignidad, a la autodeterminación. Un Estado palestino, tal como los propios palestinos lo definan –en su forma como en su sustancia–, viviendo junto a un Estado de Israel en seguridad y reconocido.

Jamás he transigido sobre este principio fundamental: la justicia para los palestinos no es una cláusula de negociación –es una condición sine qua non para toda paz verdadera, duradera y mutuamente reconocida.

Pero hoy, cuando la palabra libre debería ser el cimiento de un debate responsable, algunos prefieren los improperios a las ideas. Se creen guardianes de la moral colectiva, pero solo dominan el lenguaje de la sospecha y del insulto. A falta de argumentos, se refugian en el ataque personal, recurriendo a un vocabulario de una violencia verbal indigna, donde se convocan las metáforas animales y las insinuaciones más viles para intentar manchar lo que no se puede contradecir en el fondo.

Esos no debaten. Señalan. No construyen un pensamiento, fabrican un enemigo. Se arrogan el derecho de juzgar las conciencias como si fueran sus árbitros. Pero el tiempo de las excomuniones ideológicas ha pasado.

Víctor Hugo, en un destello de lucidez, escribía:
«¿Queréis la libertad de pensar? Empezad por no odiar a quienes piensan de otro modo.»

Ese recordatorio nunca ha sido tan vital. Porque es precisamente en la pluralidad de voces donde se forja una nación sólida, apaciguada y orientada hacia el futuro.

Marruecos, nuestra tierra, nunca ha sido la prolongación de una ideología única. Es, al contrario, el heredero de un pluralismo antiguo, de una convivencia probada, de una sabiduría popular que rechaza los extremos. En una región marcada por las fracturas identitarias, nuestro país ha elegido desde hace mucho tiempo el equilibrio, la modernidad controlada y la libertad en el respeto.

Quienes hoy buscan capitalizar el sufrimiento de los pueblos para marcar algunos puntos políticos socavando la integridad de otros, traicionan no solo la dignidad de la causa palestina, sino también la inteligencia de su propio público. Porque los pueblos, ellos, no son ingenuos. Saben distinguir entre el compromiso sincero y la instrumentalización oportunista.

Yo continuaré, por mi parte, escribiendo. Defendiendo una palabra libre. Asumiendo posiciones que a veces incomodan, pero que nunca traicionan mis principios.

Seguiré creyendo que un Oriente Medio reconciliado es posible. Y que Marruecos, fuerte de su lucidez estratégica y de su profundidad histórica, puede ser un actor portador de puentes, no de muros.

La Historia, ella, hará la criba. Y como siempre, lo que sobrevivirá al estruendo no será el tumulto de las acusaciones, sino la claridad de un pensamiento recto.

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