Con la llegada de septiembre de 2026, Marruecos se prepara para unas elecciones nacionales cuyo alcance va mucho más allá del mero marco institucional. En un mundo en plena reconfiguración —marcado por trastornos geopolíticos, tensiones energéticas, recomposiciones regionales y un vuelco en los equilibrios globales— estas elecciones constituirán una prueba crucial para medir la capacidad del país de proyectarse con lucidez, coherencia y ambición. Sin embargo, a medida que se acerca esta cita, se instala una inquietud: la brecha entre las expectativas ciudadanas y el discurso de los partidos políticos resulta más evidente que nunca.
Mientras la sociedad marroquí evoluciona a gran velocidad, las estructuras partidistas parecen estancadas, desconectadas, prisioneras de reflejos antiguos y de un imaginario político agotado.
Muchos dirigentes políticos persisten en adoptar una postura victimista, denunciando un supuesto ensañamiento mediático contra la acción partidista. Este discurso no solo es erróneo: es peligroso. Porque los medios no hacen más que reflejar una desilusión ampliamente compartida, la de un debate político empobrecido, abandonado, vaciado de sentido. Los marroquíes no reclaman excusas, mucho menos chivos expiatorios. Esperan una visión, propuestas audaces, una ambición colectiva a la altura de los desafíos del momento.
Los partidos políticos no son meras piezas administrativas de la democracia; son sus cimientos vivos. Les corresponde estructurar el debate público, proponer proyectos comprensibles, encarnar una alternativa, formar e integrar a las nuevas generaciones.
Más preocupante aún es que ciertas fuerzas políticas desvían los mecanismos democráticos para imponer una visión retrógrada e intolerante. Su estrategia se basa en la polarización, el insulto, el miedo. Toda voz disidente es inmediatamente estigmatizada, demonizada. Ya no se trata de debatir o convencer, sino de intimidar y cerrar el espacio público.
Pero los marroquíes no son ni amnésicos ni ingenuos. Recuerdan los discursos rimbombantes vacíos de sus promesas, la gestión del poder marcada por contradicciones, oportunismo y renuncias. Gobernar no consiste en instrumentalizar las creencias o capitalizar las frustraciones. Gobernar es abrir un camino, encarnar una coherencia, asumir una ética de responsabilidad.
En este contexto perturbador, la sociedad civil, los intelectuales, los espíritus libres y los ciudadanos comprometidos tienen una responsabilidad esencial: reafirmar los fundamentos de la democracia. Defender la pluralidad frente a la uniformización. Proteger el debate frente al miedo. Afirmar que la democracia no se reduce a rituales electorales, sino que se basa en el respeto al individuo, el reconocimiento de la diversidad y la igualdad de todos ante la ley.
El repliegue identitario, las lógicas de exclusión y los discursos de odio no tienen futuro. No aportan ni progreso ni estabilidad, sino que alimentan la estancación, la división y la regresión.
Marruecos merece más que una democracia de escaparate. Merece una democracia exigente, viva, arraigada en la inteligencia colectiva y sostenida por partidos políticos a la altura de su misión histórica. El reloj ya está en marcha. Ya no es tiempo de apariencias.