Cuando Donald Trump pisó el suelo del Golfo, no fue una simple visita diplomática, ni únicamente para firmar contratos de varios billones de dólares. Fue una señal: se acabó el tiempo del statu quo. Fin del papel de espectador. Fin del tiempo en que la región servía de campo de batalla para otros.
Los países del Golfo avanzan con una visión clara: construir un nuevo orden, basado no en milicias ni misiles, sino en la innovación, la cooperación y la energía de su juventud.
Ciudades inteligentes emergen del desierto. La inteligencia artificial, las energías limpias, la educación y la reforma marcan las prioridades.
No se trata solo de marketing ni de negocios. Es un cambio histórico. Una apuesta decidida: la prosperidad como única estabilidad duradera.
Pero esta visión sigue amenazada. Gaza arde. El Líbano se encuentra en una encrucijada. Yemen es rehén de un oscurantismo del pasado.
Y siempre los mismos actores: Hamás, Hezbolá, los hutíes — armados, financiados y dirigidos en gran parte por el régimen iraní. Irán no ha elegido la paz. Ha optado por la desestabilización. Pero aún tiene otra opción: cooperar en lugar de controlar. Construir en lugar de sabotear.
Trump fue claro: Estados Unidos defenderá a sus socios y sus principios. No para dominar, sino para proteger. Porque la paz no se decreta. Se defiende — con claridad, coherencia y coraje. No se puede alabar el progreso y al mismo tiempo cerrar los ojos ante quienes lo atacan.
Ahí está el combate: pasado contra futuro. Caos contra construcción. El Golfo ha hecho su elección. Su juventud ha hecho su elección.
Marruecos, bajo Mohammed VI, también ha elegido este camino de modernidad, prosperidad y progreso. Ahora le corresponde al conjunto de la sociedad marroquí — ciudadanos, élites e instituciones — estar a la altura de esta visión ambiciosa.
Ya no es momento de discursos. Es el momento de la alineación. De la acción.