La entrevista emitida el 19 de octubre de 2025 en 60 Minutes resonó de inmediato en los círculos diplomáticos. Jared Kushner, antiguo —y nuevamente influyente— consejero del presidente Trump, y Steve Witkoff, enviado especial de Estados Unidos para Oriente Medio, abordaron la posibilidad de un acuerdo de normalización entre Marruecos y Argelia. Witkoff habló con una confianza sorprendente: «En mi opinión, habrá un acuerdo de paz entre Marruecos y Argelia en un plazo de sesenta días». Fue una afirmación audaz, que reactivó un expediente paralizado durante décadas en los archivos de la diplomacia regional.
No se trata de un plan de paz en el sentido convencional —los dos países no están en guerra—, sino de un proyecto de reconciliación bilateral basado en la estabilidad, la seguridad y la prosperidad compartida. La iniciativa prolonga la lógica de los Acuerdos de Abraham, de los cuales Kushner fue uno de sus principales artífices: una diplomacia sustentada en el pragmatismo, la confianza mutua y la convergencia de intereses, más que en las posturas ideológicas. Bajo la serenidad de Kushner se adivina un método claro: una diplomacia de la acción, disciplinada, directa y orientada decididamente a los resultados.
Marruecos y Argelia comparten mucho más que una frontera en el mapa. Comparten una lengua, una cultura, familias entrelazadas y una memoria común. Sin embargo, desde hace casi treinta años, sus fronteras —terrestres, aéreas y políticas— permanecen cerradas. Los intercambios económicos son mínimos y la comunicación diplomática es escasa. Esta distancia prolongada constituye una anomalía geopolítica que priva a ambas naciones de un futuro acorde con sus recursos, su juventud y sus ambiciones.
Bajo el liderazgo del rey Mohamed VI, Marruecos ha experimentado una transformación profunda: la construcción de infraestructuras de primer nivel, una industrialización acelerada, una transición energética ambiciosa y amplias reformas sociales. El creciente protagonismo internacional del país, ejemplificado por el éxito de su selección sub-20 y la meticulosa preparación del Mundial 2030 junto a España y Portugal, refleja una renovada confianza y un impulso sostenido. Sin embargo, incluso el progreso más firme florece plenamente solo en un entorno regional en paz consigo mismo.
Argelia, por su parte, posee un potencial inmenso —económico, humano y estratégico—. Su riqueza natural, su juventud dinámica y su posición geográfica le confieren un papel esencial en el norte de África y una influencia creciente en el continente. Al reanudar un diálogo estructurado con Rabat, Argelia podría convertirse en un motor de renovación regional y en un socio central en la construcción de un Magreb cooperativo. Nada la obliga a mantenerse al margen; todo, por el contrario, la invita a unirse al camino de la apertura y la cooperación.
El enfoque de Kushner y Witkoff está despojado de retórica. Es la diplomacia de lo tangible: actuar con rapidez, construir sobre los puntos de convergencia y evitar la parálisis. Reabrir los canales de comunicación, estimular el comercio, fomentar la cooperación en materia de energía, logística o seguridad: no son gestos grandilocuentes, sino pasos concretos, sencillos y potencialmente transformadores. Esta diplomacia interpela tanto a los gobiernos como a las sociedades, porque la paz verdadera surge de las dinámicas humanas, no solo de las firmas estampadas al pie de un tratado.
Los marroquíes y los argelinos anhelan lo mismo: dignidad, oportunidades y un horizonte claro para la próxima generación. En el mundo actual, fluido y multipolar, existe una ventana —estrecha pero real— para superar los agravios del pasado y edificar una estabilidad duradera. Un acercamiento creíble entre Rabat y Argel no solo modificaría la geometría política del Magreb; otorgaría al norte de África una voz unificada capaz de dialogar de igual a igual con Europa, el mundo árabe y el Sahel.
No se trata de soñar con una unión perfecta, sino de dar un paso deliberado y realista hacia el futuro. Rechazar esta dinámica es perpetuar el silencio de las fronteras cerradas; acogerla es insuflar nueva vida a dos naciones cuyos destinos siempre han estado entrelazados. Marruecos ha demostrado su capacidad para convertir la visión en acción; Argelia posee la fuerza y el talento necesarios para hacer de esa visión un horizonte compartido. Entre ambas, el camino de la cooperación sigue siendo, sin duda, la vía más corta hacia un porvenir común —y ahora, al alcance de la mano.