Escrito por 10:10 am Editorial

Mohammed VI: El Soberano de la Unidad y de la Visión

« Marruecos es un modelo de desarrollo africano. Tenemos mucho que aprender de la visión de Su Majestad el Rey Mohammed VI. »

  • Paul Kagame, Presidente de Ruanda

Esa frase, pronunciada con sobriedad por uno de los jefes de Estado más respetados del continente, dice mucho más que un simple homenaje. Expresa la evidencia de un reinado excepcional, cuya dimensión sobrepasa las fronteras del Reino. Porque el Rey Mohammed VI no se ha limitado a modernizar Marruecos. Ha construido una arquitectura política y diplomática inédita, que hoy se erige en referencia.

Desde su advenimiento, el Soberano hizo una elección: la de la reforma tranquila, de la transformación duradera, sin ceder jamás a los arrebatos ni a la tentación de lo espectacular. La reforma de la Moudawana, la generalización progresiva de la protección social, el auge de la economía nacional… Todo ello lleva la impronta de un jefe de Estado que piensa en profundidad y actúa en la duración. En veintiséis años, Marruecos ha triplicado su producto interno bruto, se ha impuesto como una plataforma industrial continental, y sobre todo, ha puesto al ciudadano en el centro del proyecto nacional.

Pero es en el ámbito diplomático donde la visión real revela quizá su mayor singularidad. Una diplomacia fundada en principios —soberanía, respeto del derecho internacional, solidaridad con los pueblos— pero nunca petrificada. Una diplomacia sin alineamientos, que rechaza los automatismos ideológicos, y que privilegia las alianzas del corazón tanto como de la razón. Marruecos no es seguidor ni dador de lecciones. Dialoga, enlaza, propone. Y, sobre todo, pesa.

Por la voz real, nuestro país se ha convertido en un interlocutor escuchado y respetado en los grandes asuntos del mundo: paz, seguridad, clima, desarrollo solidario.

La política africana de Su Majestad es una ilustración magistral de ello. Ya en 2008, en Abiyán, el Rey exponía una visión del continente liberado de las imposiciones exteriores, apostando por la cooperación interafricana, por el “win-win” duradero, por la soberanía compartida. Esa palabra, antaño aislada, hace hoy escuela. Marruecos ha construido una presencia africana ejemplar: asociaciones económicas, proyectos de infraestructura, apoyo humanitario, transferencia de saberes… Una diplomacia encarnada, lejos de los eslóganes.

Pero porque mira lejos, el Soberano inscribe también al Reino en las dinámicas futuras. El proyecto atlántico no es solo una visión: es una proyección estratégica de una profundidad poco común, donde África se adueña de su geografía para crear su propia centralidad. Marruecos no se contenta con observar el horizonte: lo construye. El puerto de Dajla es su base. Pero la ambición real supera la infraestructura. Se trata de permitir a todos los países, incluidos aquellos privados de fachada marítima, acceder a los grandes flujos económicos mundiales. Es una visión de solidaridad activa, anclada en intereses comunes y orientada hacia las generaciones futuras.

Esa grandeza de visión se acompaña de una sencillez de gesto. El Rey Mohammed VI ha sabido tejer con su pueblo un vínculo de una rara densidad. Una proximidad sin artificio. Una relación hecha de escucha, respeto y fidelidad mutua. En los momentos de prueba, el pueblo encuentra a su Soberano. En los tiempos de esperanza, avanza a su lado. Ese vínculo es el corazón invisible de la estabilidad marroquí. No se decreta. Se merece. Y se transmite.

Esa transmisión, precisamente, está en el fundamento de la Monarquía marroquí. Una institución viva, enraizada en la Historia, pero resueltamente contemporánea. En los usos de la Monarquía, una expresión vuelve a menudo para designar al Príncipe Heredero: «Smiyet Sidi». Ella lo dice todo de esa filiación activa, de esa educación continua, de ese sentido de continuidad en el servicio de la Nación. No se trata solo de una herencia de sangre. Se trata de una herencia de deber. El deber de reunir, de iluminar, de llevar alto las esperanzas de un pueblo.

Mohammed VI es un Soberano de la unidad. Ha sabido federar sin uniformizar jamás. Ha construido un consenso nacional en torno a valores comunes: dignidad, trabajo, justicia, apertura. Es también un Soberano de la visión. Una visión concreta, paciente, constructora. Una visión que compromete al Reino, pero que inspira mucho más allá de sus fronteras.

No se trata aquí de una simple fórmula de celebración. Es una verdad profunda. Y es nuestro futuro.

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