Marruecos no es perfecto. No está por encima de toda crítica. Pero, ¿debe ser juzgado únicamente a través de sus imperfecciones, ignorando los avances, las decisiones estratégicas y los equilibrios que mantiene en un mundo en crisis?
No, Marruecos no es un país estancado. No está aislado ni desconectado. Es un país en movimiento, comprometido en múltiples frentes —económico, diplomático, de seguridad— con una constancia que impone respeto.
Basta un mínimo de buena fe para constatar que el Reino avanza. En lo económico, se impone como un actor estructurante en su espacio regional y continental. En lo diplomático, es escuchado, consultado, a menudo imitado. En lo de seguridad, demuestra una estabilidad notable, donde tantos otros se hunden en el caos.
¿Es poco? No. Es considerable.
Y sin embargo, se expresa una hostilidad creciente, a menudo malintencionada. Apunta de manera recurrente a figuras clave del aparato estatal, como Abdellatif Hammouchi o Yassine Mansouri —hombres que nunca buscaron el reconocimiento público, pero que siempre han trabajado discretamente para preservar los equilibrios fundamentales del país.
¿Por qué esta voluntad de dañar? ¿Por qué esta obsesión con destruir lo que se mantiene en pie, lo que protege, lo que funciona?
No se trata de un debate de ideas. Se trata de una estrategia de desestabilización.
Afortunadamente, esta agitación permanece limitada a una minoría marginal, a menudo desconectada de las realidades del país y cegada por lógicas de oposición sistemática.
En una región sacudida, Marruecos ha optado por la reforma progresiva. Avanza en la construcción democrática sin estruendo ni renuncias. Inscribe su evolución en una continuidad histórica asumida, llevada por una monarquía que encarna tanto la unidad como la apertura. Esta trayectoria no es impuesta por la fuerza: es fruto de un consenso nacional.
Lo que muchos llaman “la excepción marroquí” no es un eslogan de comunicación. Es una realidad política. Donde otros países se han desgarrado, Marruecos ha elegido la estabilidad sin ceder al inmovilismo. Ha avanzado sin renegar de sus fundamentos. Es este modelo híbrido, flexible y robusto, lo que molesta. Porque funciona. Porque inspira.
Sí, estoy orgulloso de ser marroquí. No de un orgullo ingenuo o chauvinista, sino de un orgullo lúcido. Orgulloso de pertenecer a una nación que ha sabido acoger e integrar: amazighs, árabes, judíos, africanos, andalusíes, mediterráneos. Orgulloso de una sociedad que se construye sin rupturas brutales, sin derramamientos, pero con coherencia y resiliencia.
Orgulloso también de un pueblo que, en su mayoría, aspira a la estabilidad, al progreso, a la justicia —y no a la anarquía o al resentimiento.
Vivimos una época de grandes transformaciones. El mundo cambia. La región se redefine. Marruecos, por su parte, sigue en pie y mira al futuro con confianza. Pero no puede hacerlo solo. Necesita de todas sus fuerzas, de todos sus hijos, de todas sus inteligencias.
Entonces, cesemos estos combates estériles, esta guerra sorda contra uno mismo.
Critiquemos, sí. Pero con honestidad.
Oponámonos, si es necesario. Pero para construir.
Amemos este país no porque sea perfecto, sino porque es nuestro. Porque es capaz de atravesar las tormentas sin perder el rumbo.
Marruecos es una lección. Una lección de historia, de compromiso, de fidelidad y de visión.
Nos toca a nosotros honrarla.
Nos toca a nosotros ser dignos de ella.