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Marruecos, cuando la realidad triunfa sobre las quimeras

Cada domingo, la columna Bouh Al Ahad de Abu Wael Errifi se impone como una lectura excepcional: lúcida, implacable, ineludible. Su pluma, despojada de artificio, derrumba ilusiones, desmonta discursos sesgados y revela las verdades del país real. La última entrega lo ilustra con un fulgor incontestable: tres episodios, tres espejos. Un príncipe prisionero de sus ensoñaciones, un hijo de la tierra reencontrando la senda de la patria, y un pueblo entero exaltando su victoria en un estadio transfigurado en templo de unidad. He aquí Marruecos.

Una nación vilipendiada, caricaturizada, desafiada —y que, sin embargo, siempre retoma su impulso con mayor vigor y certidumbre. Se desnudan los rencores, se disipan las apariencias, y permanece lo esencial: la historia de Marruecos se teje en la vitalidad de sus ciudades, en la voz de su pueblo y en la clarividencia de sus instituciones.

Quienes persisten en confundir sueños personales con destino colectivo se condenan al olvido. Marruecos, en cambio, avanza.

Las quimeras de un príncipe desconectado

La reciente entrevista concedida por el príncipe Mulay Hicham al diario español El Confidencial sorprendió únicamente a aquellos que aún se complacen en la ilusión. Tras la pose académica y el aire de distancia, aflora la obsesión por un papel que la Constitución resolvió hace tiempo, y que ninguna pirueta intelectual puede resucitar. Revestirse de un cientificismo aparente mientras se reiteran las gastadas letanías de los “iniciados” desconectados del país real, es alimentar un relato que ya no engaña a nadie. El Marruecos de hoy no se nutre de fantasías importadas: se construye sobre el terreno, en la acción, bajo la égida de un Rey visionario cuya legitimidad ilumina el camino de la nación.

Nasser Zefzafi, la voz recobrada de la patria

La figura de Nasser Zefzafi, erigida por algunos en ídolo de conveniencia, conoce ahora un viraje decisivo. Con ocasión del fallecimiento de su padre, el detenido pudo recogerse junto a los suyos gracias a un Estado que aplica la ley sin odio ni venganza. Pero lo esencial se halló en otra parte: en la gratitud expresada hacia las instituciones, en la ruptura explícita con los discursos separatistas, en ese aliento nuevo que tiende a reinsertarse en el relato nacional.

Este giro, lejos de ser anecdótico, desenmascara la impostura de quienes lo instrumentalizaron, vendiéndolo como figura “mandelizada”, cuando en realidad no fue más que una carta de juego. Al reapropiarse de su voz, Zefzafi reveló el vacío de sus consignas. Y recordó una verdad esencial: Marruecos, guiado por la sabiduría de su Estado, mantiene eternamente entreabierta la puerta del retorno a la patria.

El estadio, espejo de una nación confiada

Más allá de intrigas y manipulaciones, se impuso otra imagen: la del Estadio Mulay Abdellah, renovado, resplandeciente, colmado por un público ardoroso. No fue simplemente un partido clasificatorio para el Mundial: fue una celebración colectiva de la excelencia marroquí. El estadio —obra arquitectónica de estándares mundiales— encarna la ambición de situar al país entre las diez primeras naciones del fútbol. Y en las gradas, como frente a las pantallas, el pueblo vibraba unido, orgulloso de lo que su país ha sabido forjar.

a este espectáculo de cohesión y grandeza, los nihilistas no supieron esgrimir más que su cansina letanía de denuestos. Mas sus sarcasmos resuenan vacíos: el mundo entero reconoce ya que Marruecos ha hecho del deporte su escaparate de modernidad, una fuerza suave más elocuente que cualquier manifiesto y más eficaz que todas las campañas publicitarias.

La verdadera victoria, sin embargo, no se libró únicamente en el césped. Se encarnó asimismo en la organización irreprochable y la seguridad ejemplar que rodearon el acontecimiento. Mucho antes del pitido inicial, la presencia del director general de la DGSN y de la DGST, Abdellatif Hammouchi, en el corazón del estadio, daba testimonio de una convicción diáfana: no se trataba solo de un partido, sino de la imagen de Marruecos ofrecida al mundo. Nada quedó librado al azar. Hammouchi y sus equipos demostraron que asegurar un encuentro con entradas agotadas, en medio de una fervorosa marea popular, es cuestión de excelencia dominada.

Y esta excelencia no la encarnó desde la distancia, sino desde la proximidad: recorriendo las gradas con naturalidad, entre un público enardecido, Hammouchi dio cuerpo a ese vínculo singular que une la institución de seguridad con la ciudadanía. En ello radica un hecho mayor: los marroquíes no padecen la seguridad, la comparten; no la sufren, la co-construyen. Es una seguridad vivida como pacto colectivo, responsabilidad compartida, confianza recíproca. Aquella noche, entre cánticos y banderas, entre orden y celebración, se dibujó una grandiosa frescura: la de un pueblo y su Estado, indisolublemente unidos, ofreciendo al mundo la imagen luminosa de una civilización milenaria que sabe conjugar modernidad con orgullo nacional.

Un Reino fiel a sus principios: Palestina y la soberanía de Qatar

El ataque contra Qatar no constituye un episodio aislado. Supone una violación flagrante de la soberanía de un Estado y un intento de socavar un papel esencial: el de mediador. Al golpear a Doha, lo que se hiere es la voluntad de abrir una senda hacia la paz.

En este contexto convulso, la posición de Marruecos resplandece con la claridad de un rumbo inmutable. Bajo la conducción de Su Majestad el Rey Mohammed VI, Presidente del Comité de Al-Quds, el Reino reafirma su compromiso indeclinable: el pueblo palestino posee el derecho inalienable a un Estado libre e independiente. Principio inamovible, inscrito en el corazón de la diplomacia marroquí, reconocido por todos como signo de coherencia y fidelidad.

Al mismo tiempo, Rabat expresó su plena solidaridad con Qatar. El comunicado oficial, firme y preciso, no dejó lugar a ambigüedad: violación de soberanía, amenaza a la seguridad de ciudadanos y residentes, todo ello exige condena inequívoca. Marruecos sabe reconocer responsabilidades y defender a sus aliados cuando la injusticia los alcanza.

Tal claridad incomoda, porque desnuda la fragilidad de quienes se alimentan de la duda y la confusión, los mismos que se han descalificado con sus vaivenes y sus cálculos mezquinos. Claman duplicidad donde no hay más que constancia; siembran sospechas donde no hay más que fidelidad. Mas sus voces se apagan en el ruido que ellas mismas producen: sin credibilidad, sin honor, ya no pesan frente a una diplomacia arraigada en la visión real y sostenida por la adhesión del pueblo.

Marruecos, entretanto, sigue avanzando con serenidad. Su compromiso con la justicia en Palestina y su defensa de los principios de soberanía y solidaridad no son tácticos ni pasajeros: son expresión de una coherencia histórica y de una madurez política que nadie puede quebrantar.

Así se impone la imagen de un Marruecos múltiple e indivisible: un príncipe encerrado en sus quimeras, un detenido que redescubre la senda luminosa de la patria, y un pueblo congregado en un estadio transfigurado en catedral de orgullo nacional. Pero más allá de rostros y momentos, permanece una certeza: este país no vacila. Cada ataque lo fortalece, cada duda lo afianza, cada prueba revela con mayor claridad la cohesión de su destino.

Marruecos avanza, no con el paso vacilante de las naciones inciertas, sino con un movimiento seguro, firme, irresistible. No se vuelve atrás para lamentar, sino para impulsarse con mayor ímpetu, para abrevar en su historia la energía que sustenta sus conquistas venideras. Como un río que se abre paso hacia el mar, atravesando obstáculos y diques, siempre termina por forjar su cauce hacia el horizonte. Marruecos es ese río, impetuoso y fiel, que arrastra en su corriente la memoria de sus luchas y la promesa de sus victorias.

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