Escrito por 8:34 am Editorial

Marruecos y Le Monde: entre clichés periodísticos y realidad histórica

No es la libertad de expresión lo que cuestiono, ni el derecho de Le Monde a examinar a Marruecos. Lo que pongo en entredicho es la calidad de un periódico antaño ejemplar y que, desde hace años, parece haber renunciado a la exigencia intelectual que hizo su grandeza. El problema no es que se publique un artículo crítico. El problema es que se publique con tal ligereza de análisis y con tanta complacencia en el cliché que me pregunto qué ha sido del diario de referencia.

Bernard-Henri Lévy lo había señalado hace ya varias décadas: «Le Monde había roto con su herencia y se había abandonado a una escritura enfática, voluntariamente conspirativa, transformando cada detalle en prueba en juicios intelectuales prefabricados». BHL denunciaba también esa tentación de erigir a los periodistas en fiscales y árbitros de la verdad, olvidando que la prensa no está hecha para “cambiar Francia”, sino para informar e iluminar.

Estas críticas las encuentro intactas hoy. El artículo del 24 de agosto sobre una supuesta “atmósfera de fin de reinado” en Marruecos lo ilustra: dramatización gratuita, fórmulas hechas, una narración más cercana al folletín que a la investigación rigurosa.

Lo que este tipo de enfoque oculta es la profunda singularidad de Marruecos: un país a la vez joven y antiguo, moderno y enraizado, una nación viva y compleja que no se deja reducir a rejillas de análisis importadas. En noviembre de 2005, publiqué en Le Monde una tribuna donde escribía que Marruecos es un “país joven con trece siglos de antigüedad”. Dos décadas más tarde, ese diagnóstico sigue siendo válido. Marruecos es la monarquía; y la monarquía es Marruecos. Quienes no logran comprender ese vínculo orgánico, esa relación fusionada entre el Rey y su pueblo, pasan al lado de la esencia misma de nuestra identidad nacional.

Lo repito con fuerza: la monarquía no es un arcaísmo ni un decorado institucional. Es la osamenta de la nación, su continuidad, su cemento. Conjuga tradición y modernidad, arraigo y porvenir. Reducir esta realidad a un relato de “fin de reinado” es cometer una doble falta: de comprensión y de respeto.

De comprensión, porque nada se puede entender de Marruecos si se ignora la centralidad de la monarquía. De respeto, porque no se puede analizar seriamente a un pueblo negando lo que funda su imaginario colectivo y su cohesión.

No niego que Marruecos tenga desafíos, contradicciones y debilidades. Pero comprenderlos exige rigor, matiz y profundidad. Cualidades que fueron durante mucho tiempo las de Le Monde y que parecen haberse disipado en la facilidad de los clichés. La crítica periodística es legítima, e incluso necesaria. Pero debe estar fundada, sustentada y ser proporcional. Cuando se convierte en aproximación, deja de iluminar y se reduce a una postura.

La verdadera cuestión no es, pues, si Le Monde tiene derecho a escribir sobre Marruecos. Claro que lo tiene. La cuestión es saber si todavía es capaz de hacerlo. Capaz de hablar con la altura y la inteligencia que fueron antaño su sello. Capaz de ofrecer al lector algo más que un relato convenido y perezoso. Marruecos no ha cambiado en su esencia: joven y viejo a la vez, moderno y enraizado, permanece inseparable de su monarquía. Quienes se niegan a verlo no hacen más que proyectar sus fantasmas.

Ese es el verdadero drama, y quizá la única “fin de reinado” que reconozco: la del gran Monde de antaño, aquel que sabía comprender antes de juzgar.

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